Muchos cristianos han crecido creyendo que Jesús fundó una religión llamada “cristianismo”. Sin embargo, cuando examinamos con atención la Biblia, la historia y el significado original de la palabra iglesia, descubrimos una verdad más profunda.
Esta reflexión no busca atacar la fe cristiana, sino todo lo contrario: volver al origen del mensaje de Jesús y al sentido auténtico de la Iglesia.
En los Evangelios, Jesús nunca dijo: “Voy a crear una nueva religión”. Su mensaje central fue el establecimiento del Reino de Dios; es decir, la reunión de las doce tribus de Israel en la tierra prometida bajo el gobierno del Mesías.
Jesús no dejó:
Después de su muerte, sus primeros seguidores continuaron siendo judíos. Asistían a las sinagogas y no se sentían parte de una nueva religión. Simplemente eran judíos que creían en su nombre y seguían las enseñanzas del Mesías, Yeshúa HaMashíaj, su verdadero nombre.
El libro de los Hechos confirma que los apóstoles seguían guardando el Shabat, las fiestas bíblicas y la Torá ( Hechos 13:14 Hechos 13:14 “Ellos, pasando de Perge, llegaron a Antioquía de Pisidia; y entraron en la sinagoga un día de reposo (Sábado) y se sentaron.” , Hechos 17:2 Hechos 17:2 “Y Pablo, como acostumbraba, fue a ellos, y por tres días de reposo (Sábado) discutió con ellos, declarando y exponiendo por medio de las Escrituras.” , Hechos 18:4 Hechos 18:4 “Y discutía en la sinagoga todos los días de reposo (Sábado), y persuadía a judíos y a griegos.” ). No existe evidencia bíblica de que Jesús o sus apóstoles abolieran los mandamientos de Dios.
Estas decisiones no se basaron en las palabras de Jesús ni en los escritos apostólicos, sino en decretos conciliares y en la adaptación del cristianismo al mundo gentil y al poder político.
A partir de esta iglesia institucional surgen posteriormente todas las denominaciones cristianas. Aunque muchas se separaron formalmente del catolicismo, arrastraron los mismos errores doctrinales fundamentales. En la práctica, solo realizaron un “lavado de cara” a la doctrina católica, manteniendo el domingo, el rechazo a la Ley de Dios y la separación de Israel.
En la mayoría de los casos, lo único que realmente eliminaron fue la idolatría visible, pero conservaron la estructura doctrinal heredada de Roma.
“Jesús no dejó estatutos para una iglesia jerárquica ni fundó una religión organizada; su mensaje era para su pueblo Israel, que se apartó de la ley de Dios y se hicieron gentiles.”
A lo largo de la historia han existido cientos de religiones distintas, con dioses, ritos, normas y textos diferentes. Incluso dentro del cristianismo existen miles de denominaciones.
Esta diversidad y contradicción sugiere que las religiones son productos culturales e históricos, adaptados a cada sociedad.
Todas estas estructuras ayudan a organizar comunidades, mantener el orden y transmitir valores, pero muestran que la religión es una obra humana.
“Si todas las religiones fueran verdaderas en sentido absoluto, no habría tanta contradicción entre ellas; por el contrario, la diversidad y los cambios históricos apuntan a que son invenciones humanas adaptadas a cada cultura.”
La idea de una “religión verdadera” parte del supuesto de que una institución humana —con nombre, estructura y jerarquía— posee en exclusiva toda la verdad de Dios. Sin embargo, esta noción no se encuentra respaldada por las Escrituras.
En ningún lugar de la Biblia se enseña que Dios haya establecido una religión institucional como medio de salvación. Por el contrario, la Escritura revela que Dios busca una relación basada en fidelidad a su palabra, obediencia y verdad, no en afiliación religiosa.
“Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.”
— Juan 4:24
Jesús no dirigió estas palabras a una religión pagana, sino a una mujer samaritana, dejando claro que la adoración verdadera no depende de un lugar sagrado, un templo, ni de una tradición religiosa específica, sino de una actitud correcta delante de Dios.
La Biblia es consistente en señalar que la verdad no se encuentra en sistemas humanos. El profeta Jeremías advierte:
“Maldito el hombre que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta de YHWH.”
— Jeremías 17:5
El Nuevo Testamento refuerza esta idea al afirmar que la verdad no es una doctrina, una denominación ni una institución, sino una persona:
“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.”
— Juan 14:6
Por tanto, la verdad no está contenida en una religión, ni en una denominación, ni en un edificio. La verdad está en el Mesías, y se manifiesta en la obediencia a los mandamientos de Dios, tal como él mismo enseñó:
“Si me amáis, guardad mis mandamientos.”
— Juan 14:15
La Escritura no llama a las personas a “cambiar de religión”, sino a volver al Dios de Israel, a su Ley y a su Mesías. La salvación no se halla en pertenecer a una institución religiosa, sino en caminar en verdad delante de Dios.
Para entenderlo, debemos volver al significado original de la palabra iglesia.
En griego, la palabra es ἐκκλησία (ekklesía), que significa:
En la Septuaginta (traducción griega del Antiguo Testamento hecha 250 años antes de cristo), ekklesía traduce palabras hebreas como:
Ambas significan la asamblea del pueblo convocado por Dios.
“Al destraducir ‘iglesia’ al griego y luego al hebreo, vemos que no se habla de una religión nueva, sino del pueblo de Dios reunido.”
En muchos textos bíblicos, Israel es llamado la asamblea del Señor (por ejemplo, Deuteronomio 31:30 Entonces habló Moisés a oídos de toda la congregación de Israel (Iglesia) las palabras de este cántico hasta acabarlo.). en este pasaje como en muchos otros la septuaginta tradujo congregación por Ekklesia.
Esto muestra que la Iglesia no comienza como institución después de Jesús, sino que es el pueblo de Dios a lo largo de la historia.
En el Nuevo Testamento, esta asamblea se amplía para incluir a judíos y gentiles (la casa de Israel que se hizo gentíl) para que juntos sean nuevamente el pueblo de Israel.
“Vosotros sois el cuerpo de Cristo.”
— 1 Corintios 12:27
Las religiones son construcciones humanas. Jesús no fundó una religión, sino que proclamó el Reino de Dios.
No existe una “religión verdadera”, pero sí existe una Iglesia verdadera: el pueblo de Dios reunido en fe, amor y obediencia a su SANTA TORAH.